Estrategia Internacional N° 13
Julio/Agosto - 1999

Un análisis estratégico de las tendencias de la lucha de clases al filo del Siglo XXI
La guerra de los Balcanes como catalizador de la situación mundial
 
Por Juan Chingo y Eduardo Molina
Click here for an english version

Introducción

El 28 de abril comenzaron a llover sobre todo el territorio de Yugoslavia las primeras bombas y misiles de la OTAN. La guerra se mantendría durante casi tres meses. En el curso de la misma, el mundo asistiría a los distintos actos del drama: la devastación de Serbia desde el aire, la "limpieza étnica" de Milosevic, la marea de los refugiados kosovares, las disputas en el seno de la Alianza y de ésta con Rusia, el acuerdo con el concurso de Rusia para imponer la "paz" imperialista. La guerra se convirtió de hecho en el mayor acontecimiento internacional de los últimos años, y marca con su impronta una situación mundial extraordinariamente compleja. Así, en el escenario de los Balcanes, de por sí un fenómeno complicado, se condensaron muchas de las contradicciones que cruzan la situación mundial, algunos de cuyos elementos aparecieron de forma directa, como las relaciones entre las distintas potencias, otros constituyeron el telón de fondo (la crisis económica internacional), o permanecieron más bien en la penumbra (las relaciones entre las clases). Sin embargo, el hecho de que el propio conflicto del Kosovo haya actuado como catalizador, alentandola precipitación o cristalización de los múltiples elementos de la situación mundial que comienzan a tomar formas más nítidas, permite abordar, con la ayuda del método marxista, una interpretación del conflicto, de su desarrollo, desenlace y consecuencias en el plano regional y mundial.

Naturalmente, la guerra por el Kosovo ha alimentado gran profusión de debates en distintos medios internacionales, entre los analistas a sueldo de la burguesía imperialista, en los ámbitos académicos, entre los trabajadores y jóvenes, y por supuesto, en los círculos marxistas.
La complejidad de la situación mundial, y del mismo desarrollo y desenlace de la guerra, da lugar a dos grandes lecturas contrapuestas: Para muchos el triunfo de la OTAN en Kosovo demostraría que se gesta un "Nuevo Orden Mundial", reflotando así el discurso que prevaleció después de la debacle de la URSS y la Guerra del Golfo, según el cual a la "globalización económica" se le debería corresponder una "globalización de la seguridad" en torno a la "única superpotencia existente", Estados Unidos. Es una lectura economicista de la realidad mundial.
Entre tanto, comienza a resurgir un pensamiento opuesto al anterior, "geoestratégico", que ve en la guerra la prueba de que se extiende un "caos" internacional, una tendencia al "desorden mundial" permanente, con la reemergencia de los estados nacionales, con sus intereses contrapuestos chocando entre sí, como protagonistas excluyentes de la política mundial.
Estas dos visiones unilaterales se filtran en los análisis y caracterizaciones de la izquierda.
La primera había tenido un peso masivo en el campo de la izquierda a principios de la década, y es hoy difundida por los círculos "progresistas" europeos, para justificar la política de colaboración de clases con su propio imperialismo, bajo el argumento de enfrentar la hegemonía norteamericana.
Los que ven asentándose un nuevo "orden mundial" desconocen que sólo grandes enfrentamientos de importancia histórica entre las clases, donde la burguesía imperialista aseste derrotas decisivas al proletariado, comparables por ejemplo al triunfo de Hitler en Alemania y la Segunda Guerra Mundial, pueden permitir el asentamiento de un nuevo período de ascenso capitalista y "nuevo orden". Es una concepción economicista y pacifista, que niega el carácter de la época imperialista como de "guerras, crisis y revoluciones", y resulta tributaria de la ideología burguesa de que la "globalización" económica suprime el papel de los estados y ve las guerras como una supervivencia del pasado.
La segunda visión, alimentada por la resistencia creciente de Rusia y China al "mundo unipolar" dirigido por Estados Unidos, aunque resulta por cierto más realista que la anterior, dadas las condiciones de crisis económica y política internacional que se extienden en este fin de siglo, comienza a teñir de "geopolítica" los análisis de sectores de la izquierda. No puede dar cuenta cabal de la realidad, ya que al ver sólo el choque de los estados como factor de desorden mundial, ignora que detrás de estos actúa la relación de fuerzas entre las clases. No ve que la acción de los estados en nuestra época está constreñida por una fuerza superior que es la acción viva de las clases tanto en el terreno nacional como internacional. Recaen así en la lógica de "campos enfrentados" de la época de la "guerra fría", que conducía a adaptarse a la burocracia de Moscú y Pekín, sustituyendo por sus maniobras a la lucha de clases. Algo que hoy resulta caricaturesco, pues se adaptan ya no a una burocracia fuerte que usufructúa su dominio de los estados obreros, sino a las camarillas burocráticas abiertamente restauracionistas.
Contra concepciones de esta naturaleza, en este trabajo vamos a intentar elaborar un análisis estratégico de la situación mundial recurriendo al método marxista, cuyo punto de partida básico es que "la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases". Más aún en el Siglo XX, caracterizado por la más amplia irrupción de las masas en la escena histórica como factor central, nada puede entenderse de la política internacional sino es recurriendo al análisis de los vaivenes de la lucha de clases.
La Tercera Internacional de Lenin y Trotsky, desarrolló este método, aplicado a las condiciones de la época imperialista, en sus análisis del período de la primer posguerra, signado por el enfrentamiento abierto entre la revolución y la contrarrevolución, bruscas alteraciones en las relaciones entre los estados, violentas oscilaciones de la vida económica.
El tomar a la realidad como una totalidad viva permitía integrar el análisis de los distintos aspectos de la realidad: la economía, las relaciones entre las clases y las relaciones interestatales, en la época del imperialismo; en un método cuyo hilo conductor es el papel de la lucha de clases, como fundamento de la estrategia y tácticas revolucionarias.
En el pensamiento de León Trotsky el concepto de "equilibrio capitalista", como una visión dialéctica del equilibrio de fuerzas dentro del capitalismo, juega un rol central como herramienta de análisis para comprender la dinámica de la situación mundial. A mediados de 1921, Trotsky se dirigía a los delegados al tercer Congreso de la Internacional Comunista, abriendo su informe sobre la situación mundial con la siguientes consideraciones: "El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En el dominio económico, las crisis y las recrudescencias de la actividad constituyen las rupturas y restablecimientos del equilibrio. En el dominio de las relaciones entre las clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En el dominio de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio es la guerra generalmente, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo tiene pues un equilibrio inestable que de vez en cuando se rompe y se compone. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia: la mejor prueba que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista."
En ese mismo informe Trotsky describe cómo la Guerra Mundial ha roto el equilibrio capitalista mundial de preguerra: "es así que después de la guerra comienza la época de los grandes movimientos de masas y las luchas revolucionarias" y que después de 1919, pasado el momento de más aguda crisis para la burguesía, al ser derrotados y desviados los embates de la revolución obrera en Alemania, Hungría e Italia, la burguesía recupera cierta confianza y recompone los órganos estatales, mientras que se estabiliza la situación económica. Esto plantea la cuestión de si se está reconstruyendo el equilibrio mundial, y qué consecuencias tiene para la estrategia revolucionaria. Trotsky formula la cuestión en los siguientes términos: ..."es evidente que la burguesía se ha aprovechado de un momento de descanso, si no para reparar, al menos para enmascarar las espantosas consecuencias de la guerra. ¿Lo ha logrado? En parte, ¿hasta qué punto? Este es el fondo mismo de la cuestión, que roza el restablecimiento del equilibrio capitalista." Para responder a esta pregunta fundamental desde el punto de vista de las perspectivas del movimiento obrero y la estrategia revolucionaria, Trotsky en su informe hace un agudo y pormenorizado análisis de la economía, las relaciones entre los estados y la situación de las clases, demostrando cómo la relativa recomposición burguesa descansaba sobre bases extremadamente frágiles, como demostraría inmediatamente la crisis del Rhur y los nuevos acontecimientos revolucionarios en Alemania. Luego del fracaso del levantamiento del proletariado alemán, hubo una nueva y relativa estabilización, que sin embargo, pocos años después, en 1929, conduciría a la Gran Depresión, que abrió una década de enormes convulsiones sociales y políticas, y que, debido a la sucesión de derrotas contrarrevolucionarias que sufrió el proletariado, desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. Recién después de ésta, por razones que desarrollaremos más abajo en este artículo, el sistema capitalista mundial encontró un nuevo equilibrio duradero en el período que se conoció como el "boom" de posguerra.

Señalemos aquí un aspecto consustancial al método de Trotsky: su maestría en el uso de la ley del desarrollo desigual y combinado (que fue el primero en formular como tal) para identificar y explicar los distintos y cambiantes ritmos, desproporciones y originales combinaciones en el desarrollo de los distintos aspectos de la realidad. En la misma medida en que el imperialismo exacerba al extremo el desarrollo desigual y combinado de todas las facetas y procesos económicos, sociales y políticos, esta herramienta teórica se convierte en insustituible para un análisis marxista en nuestra época.

Queremos resaltar tres aspectos del método de Trotsky: En primer lugar, en Trotsky la idea de "equilibrio capitalista" no es un concepto mecánico, sino profundamente dialéctico. No se trata de un estado de reposo, estático, sino de un equilibrio dinámico e inestable, en permanente movimiento. Se trata de fuerzas opuestas que interactúan en constante lucha, en un balanceo inestable que se rompe cuando uno de los polos prevalece sobre el otro.

El segundo aspecto radica en que esta noción de equilibrio considera a la realidad mundial como una totalidad que abarca diferentes dominios (el de la economía, el de las relaciones entre las clases, y el de relaciones entre estados). Se "debe tomar directamente como punto de partida el análisis de las condiciones y de las tendencias de la economía y del estado político del mundo, como un todo, con sus relaciones y contradicciones, es decir, con la dependencia mutua que opone a sus componentes entre sí" como señala la crítica de Trotsky al programa de la IC en 1927.

En tercer lugar las rupturas del equilibrio no se restablecen automáticamente, sino por la acción viva de las clases, lo que en el Siglo XX, adquiere la forma del enfrentamiento abierto entre la revolución y la contrarrevolución. La originalidad de Trotsky radica en que incorpora el papel de los factores subjetivos como elementos decisivos en la marcha de la economía capitalista. El mismo Trotsky resaltaba este último aspecto al señalar: "Si se nos pregunta '¿dónde están las garantías de que el capitalismo no restaurará su equilibrio a través de oscilaciones cíclicas?' entonces diríamos en respuesta: 'No hay garantías y no puede haber ninguna.' Si nosotros anulamos la naturaleza revolucionaria de la clase obrera y de su lucha, y el trabajo del partido comunista y de los sindicatos ... y tomamos en cambio los mecanismos objetivos del capitalismo, entonces podríamos decir: 'Naturalmente, fracasando la intervención de la clase trabajadora, fracasando su lucha, su resistencia, su autodefensa y sus ofensivas -fracasando todo eso, el capitalismo restaurará su propio equilibrio, no el viejo sino un nuevo equilibrio."

Integrada a esta concepción, que permite ubicar las características y dinámica de las posibles rupturas y recomposiciones del equilibrio capitalista en la arena internacional, se desarrolla la comprensión de que en el marco de esa unidad que es la economía capitalista, los distintos países dentro de la misma, que constituyen eslabones de distinta jerarquía en este proceso.

Este método supera al mecanicismo de la Segunda Internacional, que luego sería reeditado por el stalinismo, en dos aspectos: no sólo se apoya en el peso decisivo de los factores internacionales, sino que integra las desigualdades y peculiaridades nacionales. Esto permite comprender no sólo las rupturas del equilibrio capitalista, sino que es en los eslabones más débiles donde primero se manifiesta esta ruptura.

Haciendo un análisis concreto de las fuerzas que llevaron a la Primera Guerra Mundial, y explicando por qué primero estas fuerzas condujeron a una guerra Balcánica en 1912, antes de expresarse en la carnicería imperialista, Trotsky utiliza esta dialéctica para definir que "los primeros países que fueron arrancados del inestable estado del equilibrio capitalista fueron aquellos cuya energía social interna era la más débil, esto es, precisamente aquellos países que en términos del desarrollo capitalista eran los más jovenes." Señala Trotsky: "Entre más poderosos es el capitalismo de un país -permaneciendo iguales las demás condiciones-, más grande es la inercia de las relaciones 'pacíficas' entre las clases y más poderoso debe ser aún el impulso necesario para conmover a las clases en pugna -el proletariado y la burguesía-, sacarlas del estado de equilibrio relativo y transformar la lucha de clases en guerra civil abierta."

El marxismo de la III Internacional, del cual Trotsky es el más alto exponente teórico, conquistaba con este método totalizador una cumbre no igualada, integrando el análisis de los distintos aspectos de la realidad y la elaboración de la estrategia y la táctica revolucionarias.

Después de la degeneración de la Internacional Comunista con el triunfo del stalinismo, la herencia de esta tradición teórica pasó a manos de la Oposición de Izquierda Internacional y luego de su sucesora, la Cuarta Internacional. Son conocidos los brillantes y fecundos análisis sobre la burocratización de la URSS. Aunque menos conocidos, son también inigualables sus análisis del fascismo, el bonapartismo, el bonapartismo sui-generis en América Latina, los problemas de la revolución española, etc. Pero donde se muestra todo su genio es en sus elaboraciones sobre la situación mundial y el camino hacia la Segunda Guerra Mundial, tal como registran sus escritos de los 30. Citemos entre ellos: La guerra y la revolución (1934), Una lección reciente (después de la paz de Munich) (1938), o, por último, el Manifiesto de Emergencia de la Cuarta internacional (mayo de 1940).

Si los trabajos de los 20, son los de uno de los dos principales dirigentes del naciente estado obrero ruso, a la cabeza de la joven III Internacional que ganaba peso de masas, estos últimos escritos fueron realizados en el exilio, con Trotsky sometido a las peores persecuciones (que sólo cesarían con su asesinato) y en medio del aislamiento y las más duras dificultades. Esta continuidad del pensamiento y de la obra resalta la personalidad y las cualidades de Trotsky como estratega del proletariado.

¡Qué distancia enorme hay entre este pensamiento y el de los marxistas de posguerra y de la actualidad!

Si hay un terreno en el que hoy se manifiesta agudamente la falta de continuidad revolucionaria con el marxismo clásico es en la fragmentación del pensamiento marxista. Esta falta de continuidad es consecuencia de la adaptación a los grandes aparatos contrarrevolucionarios del movimiento obrero ante todo al stalinismo, durante el "Orden de Yalta", o en nuestros días, a los restos de los viejos aparatos en bancarrota. Esto se expresa en una lastimosa "miseria de la estrategia", es decir, en la separación de la práctica cotidiana, que se hace sindicalista, electoralista, teoricista, etc., de la lucha por la revolución y la dictadura del proletariado. Esta liquidación de la praxis revolucionaria conduce a la fragmentación del pensamiento marxista, y a romper la unidad dialéctica de los distintos aspectos de la realidad. De esta forma, el pensamiento marxista aparece hoy día desgajado en vertientes economicistas (que absolutizan los movimientos en la economía), "geopolíticas" (que independizan las relaciones entre los estados), obreristas (que aislan la lucha de clases de los otros elementos).

Es imprescindible retomar el método y la unidad de pensamiento estratégico de Trotsky y la III Internacional, como premisa fundamental para poder comprender y orientarnos revolucionariamente en la compleja situación mundial. Este trabajo procura aplicar este método a los dramáticos acontecimientos desatados en torno a la guerra del Kosovo, y sus consecuencias a escala internacional, para poder así ofrecer una caracterización y una perspectiva desde el punto de vista del marxismo revolucionario. Retomaremos para esto las principales elaboraciones teórico políticas sobre la situación mundial que viene haciendo nuestra corriente y que hemos desarrollado, en particular, en los últimos números de Estrategia Internacional, reexaminándolas a la luz de los nuevos acontecimientos.

En la primer parte de este trabajo, El Kosovo como catalizador de las contradicciones en la situación mundial, se analiza el desarrollo y las consecuencias de esta guerra, as{i como las perspectivas de la situación mundial.

En la segunda parte, El impasse de la restauración capitalista y sus consecuencias para el orden mundial, exponemos cómo el conflicto en los Balcanes es la expresión más descarnada de de este proceso.

En El estado de la economía mundial que constituye la tercera parte, se analizan las causas subyacentes detrás del agudizamiento de la situación mundial.

En la cuarta y última parte, La crisis de subjetividad de la clase obrera internacional, se aborda la reflexión sobre la situación del proletariado y los problemas de la estrategia revolucionaria, tal como se presentan a la luz de este análisis de la situación mundial y de las perspectivas que de él se desprenden.

           PARTE  l
Kosovo como catalizador de las contradicciones de la situación mundial

La guerra en los Balcanes, con la mayor intervención militar de la OTAN en suelo europeo, se ha convertido en un hito de la situación mundial. Su importancia radica en que ha actuado como un catalizador, un "revelador" de las enormes contradicciones que se acumulan a fines de la década en la arena internacional y en la lucha de clases.

A diferencia de la guerra del Golfo, que permitió un período de relativa estabilización capitalista

internacional luego de los acontecimientos revolucionarios del 89 en el Este, (período que se ha dado en llamar "los 90"), el conflicto de Kosovo se produce al final del mismo.

La crisis económica internacional que se abrió en el Sudeste Asiático a mediados de 1997 y cuyas sucesivas olas no han dejado de extenderse a la mayor parte del globo, constituyó el primer gran golpe al equilibrio inestable de los 90. El derrumbe financiero de Rusia en agosto de 1998 cuyo impacto hizo tambalear a las bolsas del mundo, en particular a Wall Street, fue el segundo golpe, señalando el impasse de la restauración capitalista y el agotamiento de las vías reformistas para imponerla.

Que este equilibrio comenzaba a romperse se demostraba en las tendencias a trasladar los efectos de la crisis económica al terreno político, con los comienzos de una crisis política internacional, tal como editorializábamos en el número anterior de EI.

Indonesia, Rusia y Kosovo eran los "hijos legítimos" de esta crisis internacional en curso.

En Indonesia, la crisis económica había sacudido las bases sociales y políticas de uno de los regímenes más reaccionarios y estables de la región, abriendo un proceso revolucionario en este estratégico país, que con sus 200 millones de habitantes, es el quinto estado más poblado del planeta. El primer hito de este proceso fueron las jornadas revolucionarias de mayo del 98 a consecuencia de las cuales cayó el dictador Suharto.

En Rusia, el desmoronamiento económico generó una aguda crisis política que conmovió el régimen yeltsinista, y a la asunción de Primakov como primer ministro. Este hecho, aunque superestructural, señalaba el retroceso del ala prooccidental en Moscú y la amenaza de un giro a la "autarquía" por parte de la burocracia restauracionista.

En Kosovo, por último, la radicalización de la lucha por la autodeterminación nacional del pueblo kosovar, se expresaba en el fortalecimiento del ELK, una guerrilla nacionalista pequeñoburguesa, y amenazaba con desestabilizar el "statu quo" regional garantizado con los acuerdos de Dayton.

Sólo tomando en cuenta este marco internacional es que puede explicarse la envergadura de la intervención imperialista en Yugoslavia, con 19 estados embarcados en la agresión de la OTAN, 12 de ellos, incluyendo a Estados Unidos, Canadá y las principales potencias europeas, desplegando un colosal dispositivo militar contra ese pequeño país de los Balcanes.

Es que un triunfo del pueblo kosovar sobre las tropas de Milosevic hubiera constituido un golpe directo a la política de pactos del imperialismo, política con la cual intentó en los últimos años estabilizar "áreas calientes" del planeta como fueron el acuerdo de Oslo para Medio Oriente en 1993, el acuerdo de Dayton en 1995, o el de Irlanda del Norte el año pasado. Una victoria de los kosovares hubiera fortalecido la lucha de las nacionalidades oprimidas no sólo en la región y en el Este de Europa, sino también en Oriente Medio (los kurdos y palestinos) y la propia Europa Occidental (vascos, irlandeses), y hubiera fortalecido a la clase obrera internacional, en particular al proletariado europeo, cuya contraofensiva desde mediados de la década, había sido desviada por los gobiernos reformistas de la "tercera vía".

La intervención de la OTAN buscaba limitar el accionar de Milosevic, cuya política de "Gran Serbia", al reavivar la resistencia nacional en Kosovo, se convertía en un factor de desestabilización del statu quo regional y dejaba por tanto de ser funcional a las necesidades del imperialismo. Un triunfo de Milosevic hubiera significado un fortalecimiento de las alas más nacionalistas de las burocracias restauracionistas en el Este de Europa, y sobre todo en Rusia, donde los sectores más reacios a Occidente comenzaban a tener mayor influencia en la política exterior como interna de Moscú.

No fueron evidentemente razones "humanitarias" las que llevaron a Estados Unidos y Europa a embarcarse en la más grande operación militar de la OTAN. Tampoco el valor estratégico de ese pequeño rincón balcánico que es el Kosovo. El imperialismo intentó acordar una salida reaccionaria mediante los "Acuerdos de Rambouillet", cuyos términos fueron aceptados por la dirección del ELK, que se convertía así en un peón de la estrategia imperialista. Pero fracasado este intento por la renuencia de Belgrado, se decidió a imponerlos por la vía de la intervención armada. Esta última se organizó bajo el principio de la "intangibilidad de las fronteras existentes", reafirmando en todo momento que Kosovo era parte de Yugoslavia, así como bajo la bandera "humanitaria" de la defensa de los kosovares, para poner coto a las pretensiones excesivas de Milosevic.

El imperialismo pretendía además ubicar a la OTAN como "gendarme" internacional y en última instancia, "crear fuerza imperial", como para posicionarse en el escenario de crisis económica y política internacional, y contener, apoyándose en un triunfo en los Balcanes, las poderosas tendencias a la desestabilización que venían emergiendo en la situación mundial.

El resultado de la guerra ha sido un importante triunfo imperialista, pero el mismo ha sido obtenido a un alto costo político. Esta afirmación sólo puede entenderse si se ve más allá del Kosovo, incluso más allá de los Balcanes, esto es, si se toma en cuenta la situación del orden mundial en su conjunto. Es que en Kosovo se combinan las tendencias a la ruptura del equilibrio inestable de los 90 con los efectos estructurales sobre la situación mundial de la caída del Orden de Yalta, a consecuencia de los procesos revolucionarios que hicieron estallar el aparato stalinista mundial en 1989-91. Este orden, basado en la colaboración contrarrevolucionaria entre Estados Unidos y la burocracia stalinista, era el elemento más conservador en la realidad mundial en las décadas de posguerra, conteniendo no sólo las relaciones internacionales, sino también la efectividad revolucionaria de la lucha de las masas durante ese largo período. Es por esto que decimos que el Kosovo actuó como un revelador de las contradicciones en la situación mundial no sólo en un plano táctico, coyuntural, sino en un plano más estratégico.

Para entender el significado e implicancias de la guerra del Kosovo en la situación mundial, nos vemos obligados a referirnos, no sólo al desarrollo y desenlace del conflicto mismo, sino a enmarcarlo en la coyuntura mundial, en el plano del período de los 90, y en un plano histórico más general, el del "Mundo de Yalta" y las consecuencias de su ruptura en el año 89.

 

1."Adiós al Orden de Yalta"

La crisis de dominio imperialista y los límites del poder norteamericano.

El triunfo de la OTAN ha reforzado las interpretaciones que ven un mundo bajo dominio indiscutido de Estados Unidos. Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, por ejemplo, afirma: "La guerra de la OTAN contra Yugoslavia ha abierto una nueva etapa de las relaciones internacionales. Anuncia el alba de un nuevo orden global. La mundialización económica, que constituye la dinámica dominante de nuestro tiempo, necesitaba ser completada con un proyecto estratégico mundial en el ámbito de la seguridad. El conflicto de Kosovo da la oportunidad de diseñarlo a grandes rasgos." Para Ramonet, la desaparición de la URSS como potencia mundial, que liquida el "equilibrio" basado en "la existencia simultánea de potencias comparables, ninguna de las cuales podía ganar militarmente a las demás" deja por primera vez que una "hiperpotencia domina abrumadoramente el mundo en las cinco esferas del poder: político, económico, militar, tecnológico y cultural." Con lo cual, no habría frenos ni cuestionamientos a su accionar.

Contra las visiones vulgares de este tenor, que ven la década de los 90 como el "alba de un nuevo orden mundial" y a la hegemonía norteamericana en su punto más alto (impresión reforzada después de Kosovo), hemos sostenido por el contrario la tesis de que el cenit de la supremacía norteamericana ya quedó atrás y que desde el 89, con la caída del Orden de Yalta, se ha abierto una crisis de dominio.

El orden de Yalta

El punto más alto de la hegemonía norteamericana estuvo en el mundo que emergió de la Segunda Guerra Mundial, y que fue conocido como el "Orden de Yalta y Potsdam". Éste descansaba en la superioridad económica y militar de Estados Unidos, pero junto a este aspecto, contaba con un instrumento fundamental que era la colaboración contrarrevolucionaria con Moscú y el aparato stalinista mundial, como contención del proletariado y los movimientos de liberación nacional. Fue este acuerdo el que permitió que se asentará la hegemonía norteamericana en la posguerra.

Desde el punto de vista económico, la situación actual muestra por el contrario un declive de la superioridad norteamericana. Si a la salida de la Segunda Guerra Mundial, la economía de estados Unidos respondía por sí sola del 50% del PBI mundial, a fines de la guerra fría se había retraído a alrededor de un 30% (en torno a la media histórica en que se ha mantenido a lo largo de la mayor parte del Siglo XX). Esta es una declinación relativa, ya que sigue siendo la mayor potencia económica, mientras que su poder en el terreno militar, tecnológico y su influencia cultural, aún no tienen rival. Pero si en ese terreno, su declinación es relativa, el derrumbe del aparato stalinista mundial le ha significado un golpe estratégico para la mantención de su dominio. Esto tiene enorme importancia a la luz de las características de la hegemonía norteamericana, que aunque alcanza al conjunto del planeta (lo que lo convierte por fuerza en garante del orden mundial) no es una dominación directa. Como Zbigniew Brzezinski, uno de los mayores estrategas de Washington y ex consejero de seguridad nacional del presidente. Carter, reconoce: "El alcance de la hegemonía global estadounidense es ciertamente importante, pero su profundidad es escasa y está limitada por constricciones tanto domésticas como externas. La hegemonía estadounidense involucra el ejercicio de una influencia decisiva pero, a diferencia de los imperios del pasado, no de un control directo. El propio tamaño y la diversidad de Eurasia, así como el poder de algunos de sus Estados, limita la profundidad de la influencia estadounidense y el alcance de su control sobre el curso de los acontecimientos."

Estas características le obligan a recurrir a toda una suerte de mediaciones y cooptaciones como complemento necesario de su influencia y poder directo, para conservar y administrar su dominio. El "sistema global estadounidense pone un énfasis en la técnica de cooptación (...) mucho mayor que el que ponían los viejos sistemas imperiales. Asimismo se basa en una medida importante en el ejercicio indirecto de la influencia sobre élites extranjeras dependientes" como señala el mismo Brzezinski.

En Yalta este sistema alcanzó su máximo "perfeccionamiento" ya que se apoyaba en forma indirecta en el más grande aparato burocrático de control sobre el movimiento de masas, como era el stalinismo mundial, que no sólo controlaba mayoritariamente al movimiento obrero mediante los Partidos Comunistas, sino a los movimientos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses que se desarrollaban a su vera. El aparato stalinista basaba su fortaleza en el dominio de los estados obreros burocratizados, particularmente en la entonces URSS, segunda potencia nuclear, y que en conjunto englobaban a casi un tercio de la humanidad. Este acuerdo contrarrevolucionario era una novedad en la política internacional. Si en el siglo XIX eran las potencias reaccionarias las que se unían para conjurar el peligro de las llamadas "clases peligrosas", el acuerdo de Yalta cristalizaba la cooptación en gran escala de una dirección del movimiento obrero para cumplir esta tarea. Esta cuestión tiene que ver con las dificultades de mantener el dominio burgués, frente al enorme peso del proletariado y la irrupción de las masas en la escena histórica que es un rasgo central de nuestra época.

Bajo la apariencia de una rivalidad de campos opuestos, que incluía un creciente despliegue militar imperialista, este acuerdo de colaboración contrarrevolucionaria le daba gran estabilidad al dominio norteamericano, subordinando a sus intereses estratégicos a las demás potencias imperialistas y fundamentalmente impidiendo triunfos estratégicos de la revolución mundial en los centros capitalistas, aunque sin poder impedir triunfos tácticos en la periferia semicolonial, pero que no cuestionaban el orden de conjunto.

Esto no significaba que no hubiera grandes triunfos revolucionarios como fue el caso de la Revolución China en 1949, una pérdida de enorme importancia para el imperialismo, Yugoslavia, Cuba, Vietnam y grandes luchas revolucionarias por la liberación nacional en las colonias (como en Argelia, toda Africa, etc.), pero el imperialismo pudo impedir su extensión a las metrópolis. Fueron estas condiciones las que permitieron el llamado "boom" de la posguerra. Utilizando las definiciones conceptuales de Trotsky, podemos decir que pudo alcanzarse un "equilibrio capitalista más duradero". Decimos más duradero y no "orgánico", ya que el mismo "boom" se inscribía en la curva descendente más general del desarrollo capitalista en la época imperialista.

Este equilibrio empezó a romperse a fines de la década del 60, con la apertura de la crisis económica que tiene su manifestación más aguda en la recesión de 1973-74. Esta ruptura del equilibrio dio lugar al ascenso más importante de la posguerra, que fue el de los años 68 al 74-76. Este fue el primer gran embate a los dos pilares del orden de Yalta. El ascenso revolucionario abarcó los países centrales (Mayo del 68, el "otoño caliente" italiano, Revolución Portuguesa, etc.), los Estados Obreros deformados (la Primavera de Praga, Polonia 1970)y los países semicoloniales y coloniales (Cono Sur latinoamericano, colonias portuguesas de Angola y Mozambique, etc.) En 1975, en Vietnam el imperialismo norteamericano sufrió la primer derrota militar de su historia. Este primer embate logró conmover al orden de Yalta pero no derrotarlo. El desvío de las luchas en Europa, las derrotas de la revolución política en el Este y las derrotas sangrientas en el Cono Sur permitieron que el imperialismo, luego de un período de confusión, y a pesar de nuevos embates revolucionarios, como Irán y Nicaragua en 1979 o Polonia en 1980, pudiera recomponer un frágil equilibrio y retomar la ofensiva en los 80.

La ofensiva reaganiano-thatcherista de estos años, cuyo objetivo era relanzar la acumulación capitalista, se extendió sobre tres frentes: contra el proletariado de los países centrales, en particular de Inglaterra y Estados Unidos; contra el mundo semicolonial; y contra los Estados Obreros burocratizados. En este último caso la presión capitalista, al mismo tiempo que llevó a la burocracia, atemorizada ante el peligro de la revolución política, a apoyarse más y más en el imperialismo, fue carcomiendo las bases económico-sociales de los regímenes de partido-estado basados en los Partidos Comunistas. Estos se encontraban ya muy debilitados cuando se dio el embate de las masas en 1989, lo que provocó su colapso.

La fragilidad de los equilibrios alcanzados, ya disipadas las condiciones excepcionales que permitieron el boom de posguerra, llevaron al imperialismo a deteriorar la relación estratégica que tenía con la burocracia del Kremlin. Pero al hacerlo, socavó el principal elemento de contención en que se había apoyado durante el Orden de Yalta, tanto en la inmediata posguerra, o ante el embate del ascenso 68-74, como en la liquidación de los "conflictos regionales" durante los 80 (Nicaragua, Angola, Sudáfrica, etc.), y que fuera el último gran servicio prestado por el aparato stalinista internacional.

 

El 89: la caída del orden de Yalta abre una crisis de dominio imperialista

Los procesos revolucionarios de 1989-91 hicieron estallar a los regímenes de partido-estado stalinistas en la URSS y Europa Oriental. Buena parte de la izquierda, incluidos muchos trotskistas, interpretaron la caída del stalinismo como un fortalecimiento estratégico del imperialismo. Contra estas visiones, nuestra corriente sostuvo que "la caída de este aliado fundamental para lidiar con los procesos revolucionarios en todo el mundo, lejos de reforzar al imperialismo y augurar un nuevo orden de dominio basado en la supremacía norteamericana, abrió una crisis de dominio imperialista mundial. En otras palabras, 1989 significó el fin del corto siglo de dominio indiscutido norteamericano."

En primer lugar porque, como decíamos en EI n°10: "la caída del stalinismo debilitó estratégicamente a los Estados Unidos frente a la lucha de clases mundial." Y agregábamos que: "la crisis de las instituciones de Yalta ha obligado al imperialismo norteamericano a exponerse más directamente para hacer frente a los conflictos mundiales, como muestra el incremento de sus intervenciones militares, lo cual aumenta su vulnerabilidad (acelerando su decadencia) ya que debe lidiar con el conjunto de las contradicciones de la situación mundial." Y pronosticábamos que "esta extensión de las "fronteras de inseguridad" significa que la realidad mundial golpeará cada vez más a Estados Unidos, como ya en el pasado demostró su derrota militar en Vietnam, y en el presente muestran los embates de la crisis económica mundial."

En segundo lugar porque la: "pérdida del fantasma comunista" abre un período de disputas por la hegemonía mundial." y agregábamos "si ya a comienzos de los 70, el desarrollo de potencias imperialistas emergentes como Japón y Alemania, en el marco del comienzo de la crisis de acumulación capitalista, abrió crecientes tensiones en el sistema de alianzas mundial, la pérdida del enemigo común hará aflorar en forma menos mediada la creciente disputa por la hegemonía mundial." Y pronosticábamos que "la declinación de la hegemonía norteamericana y la falta de voluntad o capacidad de los imperialismos competidores para asumir responsabilidades globales, deja un vacío estratégico o brechas que pueden ser aprovechadas por la revolución mundial."

Además, sosteníamos que el principal elemento acelerador de esta crisis de dominio era la declinación de la hegemonía de Estados Unidos, a la que definíamos como "el principal factor de desestabilización económica y política del sistema mundial." Agregando "hoy en día, el intento norteamericano de frenar su declinación a costa de sus competidores, es la base de una insostenible agudización de las contradicciones entre las clases y entre las naciones, que prepara la entrada en escena de la revolución y la contrarrevolución, (...) Hoy a diferencia de los años dorados de su hegemonía, su declive lo obliga a atacar a su propio proletariado y a sus competidores a nivel mundial." Sobre estas premisas, pronosticábamos que "en lo inmediato el principal desafío al poderío militar norteamericano provendrá de su rol en la arena mundial, esto es, del inevitable desgaste que significa para la potencia hegemónica, en un mundo más convulsionado y sin la inestimable ayuda de su aliado stalinista, actuar como policía mundial."

 

2. El "equilibrio inestable" de los 90

Los acontecimientos del 89-91 en el Este de Europa significaban en consecuencia un duro golpe al equilibrio capitalista. Fueron objetivamente una respuesta de las masas a la aplicación en esos países de los planes del FMI a los que la burocracia gobernante se plegaba intentando sobreponerse al marasmo económico en que se hundían las economías de estos países. Sin embargo, los procesos revolucionarios en la URSS y Europa Oriental, al no convertirse en revoluciones políticas victoriosas permitieron la asunción de gobiernos restauracionistas que comenzaron a desmantelar abiertamente las bases de los estados obreros deformados y degenerados. Estas revoluciones fueron procesos "ciegos, sordos, mudos" en donde el proletariado intervino diluido, y con una conciencia muy atrasada como secuela de décadas de control burocrático sobre la economía nacionalizada, fuente no sólo de los enormes privilegios de la burocracia parasitaria sino también de las privaciones de las masas. A esto ayudó también la falta de sincronización con Occidente, donde la actividad del proletariado pasaba por una fase de depresión como consecuencia de la ofensiva reaganiano-thatcheriana y el giro a la derecha de las burocracias sindicales de todo pelaje.

Así estas revoluciones políticas incipientes, al no ir hasta el final, permitieron el ascenso de gobiernos burgueses como el de Yeltsin en Rusia, que impulsaban conscientemente la liquidación de los remanentes de las conquistas de Octubre. A su vez , en 1990, el imperialismo alemán pudo absorber a Alemania Oriental, donde el régimen stalinista había sido uno de los primeros en derrumbarse entre enormes movilizaciones de masas. Fueron revoluciones políticas abortadas, que aunque debilitaron al poder estatal, no pudieron impedir el avance de la restauración capitalista.

Previamente, a mediados de 1989, la burocracia restauracionista china había liquidado sangrientamente el proceso iniciado con los más de dos meses de movilizaciones en la Plaza de Tian an Men, provocando una derrota de magnitud que impidió el desarrollo de un proceso de revolución política en este país.

En 1991 la victoria imperialista en la Guerra del Golfo contra Irak viene a clausurar estos dos años tormentosos. Que una coalición inédita, que incluía desde las potencias imperialistas en pleno hasta Rusia, los estados árabes y semicolonias como Argentina y otras, haya tenido que intervenir contra un pequeño país como Irak, es una prueba de que la caída del stalinismo había sido un fuerte golpe para el orden imperialista mundial. Una prueba más de que el 89 no había sido producto de golpes contrarrevolucionarios gestados por el imperialismo, sino del embate de las masas, aunque bajo una forma ultradistorsionada por la baja subjetividad obrera. La Guerra del Golfo también fue un intento del imperialismo norteamericano para contener preventivamente el desarrollo de las consecuencias estratégicas de la caída del stalinismo, no sólo desde el punto de vista de la lucha de clases y de los pueblos oprimidos, sino también en sus relaciones con las otras potencias imperialistas. De cierta forma pudo separar las consecuencias más estratégicas del plano más inmediato, creando la apariencia de un dominio ilimitado; una "anomalía" que no podría mantenerse indefinidamente.

Fueron esas condiciones, obtenidas mediante desvíos, derrotas sangrientas (Tiananmen!), guerras (El Golfo!), las que permitieron la apertura del nuevo período de "equilibrio inestable" que ha dado en llamarse como "los 90". Pero esta cierta reestabilización fue presentada por la burguesía mundial como una victoria estratégica o estabilización a largo plazo, apoyándose en la forma contradictoria en que se había dado el proceso del 89-91, y ocultando que el imperialismo quedaba más débil estratégicamente después de la caída del stalinismo, tal como explicamos en el capítulo anterior.

Como señalábamos en EI, "Estas realidades [la debilidad estructural del imperialismo] fueron opacadas por la temprana victoria en el Golfo de la inédita coalición aliada (...) Este triunfo y el aborto de la revolución política en la ex URSS permitió una nueva expansión del capital en los 90, basada en la fortaleza relativa de la economía norteamericana, el desarrollo de los llamados "mercados emergentes, la continuidad del "milagro asiático" y sobre todo, la penetración imperialista en China, que se convirtió en un pulmón de la economía mundial. Contra los que veían estos acontecimientos como el comienzo de un "nuevo orden mundial" decíamos en EI 10: "Según sus sostenedores, la debacle de la ex URSS dejaba a Estados Unidos como la única superpotencia existente, con un dominio ilimitado sobre el sistema mundial. Este triunfalismo era reforzado porque desde comienzos de los 90 la economía norteamericana y el capital financiero norteamericano entraban en un período de relativa prosperidad, de extensión de su dominio a áreas vedadas como los ex estados obreros deformados y degenerados. El avance irrefrenable de la "globalización, de la democracia y el mercado" eran la cobertura ideológica de este supuesto nuevo orden."

Durante esos años se generó un clima de "autoconfianza" norteamericana basado en la fortaleza relativa de Estados Unidos en comparación con sus competidores, pero sobre todo, al amparo de la ideología triunfalista que veía en la debacle de la URSS una muestra de la fortaleza del capitalismo, y a Estados Unidos convertido en "única superpotencia existente" con una capacidad ilimitada de proyectar su dominio, como parecía indicar la Guerra del Golfo. El principal factor que reforzaba esta ideología era la baja subjetividad del proletariado, producto de años de derrotas y desvíos, garantizados por los aparatos contrarrevolucionarios, en particular por el stalinismo, que habían minado la confianza del proletariado en sus propias fuerzas.

Desde este punto de vista, la forma en que se veían a sí mismos los dos grandes contendientes -el proletariado y la burguesía mundial- en el escenario de los 90, era en cierto sentido como un juego de espejos invertidos: A la estratégicamente mala condición estructural del imperialismo se le superponía una confianza desproporcionada en sus propias fuerzas y futuro. Mientras que la perspectiva del proletariado quedaba despejada estratégicamente del mayor obstáculo para desplegar su lucha revolucionaria, pero éste no tenía la menor confianza en sus propias fuerzas, como consecuencia de los efectos de años de stalinismo sobre su subjetividad -reforzadas por la ofensiva capitalista de los 80- y la persistencia de la crisis de dirección revolucionaria.

Decimos cierta porque el avance de la restauración en los estados obreros burocratizados en descomposición significó una enorme pérdida de conquistas para el proletariado mundial. Este elemento real, material, nutría el discurso de la burguesía sobre la "superioridad del capitalismo sobre el socialismo" y del "adiós al proletariado", discurso apoyado por todas las burocracias sindicales y los reformistas y machacado insistentemente sobre las filas del movimiento obrero y las masas del mundo.

Estos elementos de la subjetividad de las clases se convertían en una importante fuerza material, en un elemento de la relación de fuerzas entre las clases. Como recordaba Trotsky: "La relación política de fuerzas está determinada no sólo por los datos objetivos (rol en la producción, número, etc.) sino también por los subjetivos: la conciencia de la propia fuerza es el elemento más importante de fuerza real." Las consecuencias negativas de la forma contradictoria en que se dio el derrumbe del stalinismo, con la enorme pérdida de conquistas materiales y culturales que supone la descomposición de los estados obreros burocratizados, pesaban más que los efectos benéficos de la caída del mayor aparato contrarrevolucionario de la historia.

 

Las intervenciones militares de los 90.

Una de las formas en que se expresa que la crisis de las instituciones de Yalta obliga al imperialismo a exponerse más directamente (aumentando su vulnerabilidad) para hacer frente a los conflictos mundiales, junto a la política de pactos y "acuerdos de paz" (como forma de estabilizar las áreas más "calientes", Medio Oriente, por ejemplo), fue el creciente recurso del imperialismo a las intervenciones militares directas, del tipo de las que se ha dado en llamar "de bajo riesgo", muchas de ellas justificadas como "humanitarias".

La multiplicación de este tipo de intervenciones militares de "bajo riesgo y "humanitarias" ha impresionado a muchos, llevándolos a ver en ellas la supuesta prueba de un extraordinario fortalecimiento estructural del imperialismo norteamericano, basado en que su incontestable superioridad militar y tecnólogica se traduciría en un dominio político indiscutido de similar amplitud.

Sin embargo, el viejo Clausewitz ya sabía hace dos siglos que "la guerra es sólo una parte del intercambio político, y en consecuencia no es en absoluto una dimensión independiente" y que, por tanto, "la guerra no es sino la continuación de la política con la intervención de otros medios." Las intervenciones militares del imperialismo en esta década ofrecen una magnífica lección al respecto.

Contra los que absolutizan el valor del poder militar, sin ver las condiciones políticas a que está constreñido, las intervenciones de "bajo riesgo" lejos de demostrar fortaleza indiscutida, revelan que el imperialismo norteamericano no ha superado aún las secuelas del llamado "síndrome de Vietnam", lo que se manifiesta en la gran resistencia a aceptar bajas propias. Esto se expresa en el obsesivo recurso a la guerra aérea, táctica reforzada por los grandes avances tecnológicos (a su vez motivados en buena medida por los límites políticos impuestos por el "síndrome"), en la reticencia al empleo de tropas terrestres y a comprometerse en un despliegue militar a largo plazo. El Pentágono no cuenta con una base social doméstica amplia que apoye políticas guerreristas cada vez más agresivas. Debe encubrirse con una profusa demagogia "humanitaria" con el objetivo de lograr base social para las intervenciones tanto entre las masas de las regiones blanco de la agresión, como entre la población de las potencias imperialistas, encubriendo bajo la misma sus objetivos imperialistas. La necesidad de recurrir crecientemente a esta política responde tanto a las condiciones internas como externas que enfrenta el imperialismo: Por un lado, desde el punto de vista interno, a que en el marco de la creciente erosión de la "cohesión social" en el seno del propio imperialismo norteamericano (y mundial) como consecuencia de años de deterioro de las condiciones de vida de las masas, de ataque sistemático a las conquistas del proletariado norteamericano, de mayor polarización social; es crecientemente difícil lograr apoyo interno para una política imperialista cada vez más agresiva. Y por otro lado, desde el punto de vista externo, como un recurso para encubrirse en un período en que el peso de la expoliación imperialista sobre el mundo aumenta y se hace intolerable, como demostró la suerte de los "mercados emergentes", el brutal derrumbe de Rusia, el mundo musulmán, y la debacle de los "tigres" asiáticos.

En la creciente utilización de la ideología de los "derechos humanos" busca un sucedáneo adecuado a los nuevos tiempos, en donde la población de las metrópolis imperiales es reacia a apoyar el despliegue militar directo, que, por otra parte, el imperialismo se ve obligado a intensificar. La ideología "humanitaria" fue la forma de encontrar un nuevo pretexto universal de intervención, ante la desaparición del "fantasma comunista", en las condiciones de debilidad estratégica dictadas por la caída del Orden de Yalta y la declinación relativa de la hegemonía norteamericana.

¡Qué contraste con los "buenos y viejos tiempos" de Yalta en los 50 y 60! Entonces, las operaciones militares del imperialismo eran guiadas bajo la "estrategia de contención a la expansión del comunismo", eufemismo para justificar intervenciones militares cuyo objetivo era impedir el triunfo de procesos revolucionarios en la periferia, la zona de mayor inestabilidad en el orden mundial de Yalta y Potsdam. El imperialismo norteamericano, en auge económico y cuya hegemonía no hallaba rivales entre los otros imperialismos, contaba con una relativamente amplia base social doméstica e internacional, y podía utilizar la "amenaza comunista" como un argumento central para cohesionar a su opinión publica, alinear a sus aliados, y soportar los costos de su intervención en la arena mundial. No debe olvidarse que en sus inicios la guerra de Vietnam (tal como había ocurrido con la de Corea), tenía apoyo masivo en vastos sectores de la población yanqui, y que recién después de varios años, el empantanamiento de la guerra ante la heroica resistencia vietnamita y las cuantiosas bajas, fueron dando lugar a un fuerte movimiento antiguerra.

Las características y resultados de la serie de intervenciones de la década prueba que se equivocan los que ponen un signo igual entre el poderío militar de Estados Unidos y su capacidad de traducirlo en dominio político equivalente.

La Guerra del Golfo en 1991 tuvo rasgos particulares. Estados Unidos, envolviéndose en la bandera de la ONU, contó con el respaldo de una amplia alianza que incluía a los estados árabes y a Rusia para "castigar" a Irak por su desafío al statu quo. Fue una coalición ocasional, de amplitud sin precedentes, que expresó una circunstancia excepcional que facilitó el triunfo imperialista y prácticamente imposible de reeditar ante otros conflictos.

Las posteriores intervenciones en Somalía en 1993, en Haití en 1994, en Bosnia 1995, la ocupación "pacífica y humanitaria" de Albania por el imperialismo italiano desde 1997, Irak desde 1997, el "castigo" a Sudán y Afganistán, etc. se produjeron en general sobre países sin gran importancia estratégica, donde no están directamente en juego (salvo parcialmente en Irak, por el problema del petróleo), los intereses fundamentales del imperialismo norteamericano. Desde el punto de vista de la lucha de clases, no se trata de países de gran concentración proletaria, ni de situaciones que planteen un enfrentamiento abierto con la revolución obrera. Por otra parte, están más guiadas por consideraciones de política interna que por objetivos claros de política exterior.

Como vemos, la política de intervención militar de "bajo riesgo" y con máscara "humanitaria" en los 90 no brota de un supuesto dominio indiscutido del imperialismo norteamericano. Bajo la apariencia de fortaleza se esconde su debilidad, expresada en la falta de "legitimidad" en la arena doméstica e internacional, para intervenir abiertamente en defensa de sus intereses imperiales. Si estos elementos se mantuvieron relativamente ocultos detrás de operaciones que implicaban poco compromiso (sin olvidar fracasos como el de Somalía), en Kosovo comenzaron a aflorar, aumentando los costos, y tal vez la eficacia, de este tipo de operaciones, de cara a futuros conflictos de envergadura. En el capítulo siguiente analizaremos más detenidamente el desarrollo, resultados y consecuencias de la guerra del Kosovo.

La lucha de clases y el equilibrio inestable de los 90.

Como ya vimos, para la mayoría, los 90 señalan el comienzo de una era de hegemonía indiscutida de los Estados Unidos. Ya hemos explicado las condiciones particulares que permitieron que esta apariencia se asentara. Otros, basados en los límites del poderío norteamericano que esta apariencia sin embargo no puede ocultar, y sobre todo, enfatizando las divergencias entre las distintas potencias, hacen una lectura opuesta. Por ejemplo, Stratfor, un centro de "análisis estratégicos", registra en los siguientes términos las contradicciones que enfrenta Estados Unidos: "Kosovo cierra lo que consideramos como un interregno entre dos eras. La guerra fría no fue reemplazada por un mundo unipolar. Esto fue una anomalía temporaria. La nueva era de una superpotencia y varios grandes poderes débilmente unidos para limitar el poderío norteamericano, está ahora comenzando. Nosotros tentativamente la rotularemos como un nuevo desorden mundial, mientras esperamos que esta nueva era se nombre a sí misma." La visión burguesa imperialista de Stratfor, teñida de "geopolítica", aunque registra bien la emergencia de otras potencias y el carácter de "anomalía temporaria" del supusto dominio indiscutido de EE.UU. en los 90, es incapaz de tomar en cuenta la lucha de clases, ni como afecta ésta las relaciones y acciones de los estados; es decir, ve el "orden" o "equilibrio" internacional como el producto tan sólo de estados forcejeando entre sí.

Pero ante estas dos interpretaciones, una economicista y otra geopolítica, podemos preguntar ¿No existió la lucha de clases en los 90? Huelga decir que sí. ¿Cómo puede olvidarse que después del triunfo imperialista en la Guerra del golfo estalló en el mismo Estados Unidos la revuelta de Los Angeles, que llevó a que Bush, a pesar del triunfalismo belicista, perdiera las elecciones?

El triunfo imperialista en el Golfo, que abrió una subfase reaccionaria a nivel internacional, no impidió que en los "días dorados" del neoliberalismo, la lucha de clases se manifestara, aunque partiendo de un nivel muy elemental, a través de lo que hemos llamado las "revueltas y estallidos". Estas fueron una vasta reacción espontánea y violenta de las masas, pero de carácter defensivo, que pusieron límites a la ofensiva capitalista e imperialista, pero que no pudieron detenerla: Los Angeles en 1992, Santiago del Estero en Argentina a fines del 93, Chiapas en México en 1994, las revueltas campesinas en Brasil, (marcando la emergencia de un vasto movimiento campesino en América Latina), los disturbios continuos de jóvenes marginales e inmigrantes en Francia e Inglaterra, fueron algunas de sus expresiones.

Fue una fase que contenía en germen formas superiores de la lucha de las masas que más tarde, a mediados de la década, eclosionarían en un nuevo escalón ascendente de la lucha de clases, ya que como correctamente planteamos en su momento, no había una muralla infranqueable entre su carácter defensivo y formas más ofensivas.

El intento del imperialismo europeo de pasar a un ataque superior contra su propia clase obrera despertó la tenaz respuesta de ésta. La huelga general de los estatales que paralizó a Francia durante 22 días a fines de 1995, con movilizaciones multitudinarias en las calles de París y otras ciudades, señaló un punto de inflexión en la lucha de clases, abriendo las puertas de una importante contraofensiva obrera y popular en numerosos países. Este proceso no cayó del cielo: fue anticipado en Italia donde la clase obrera con sus acciones hizo fracasar el plan privatizador del "Zar" Berlusconi obligándolo a renunciar en 1994. Esta oleada abarcó a varios países de Europa: Dinamarca, Grecia, nuevamente Francia, Alemania, etc. Aunque debido al rol de sus direcciones no pudo derrotar los planes capitalistas, logró empantanarlos. Esto impuso a la burguesía imperialista a un "cambio de guardia" en su personal de gobierno, señalando que había llegado la hora de los reformistas, los partidos socialdemócratas y los comunistas "aggiornados". La contraofensiva había liquidado a los gobiernos conservadores obligando a la burguesía a recurrir a los servicios de los socialtraidores y su política de pactos sociales para poder hacer pasar los "ajustes" y ataques a las conquistas del proletariado.

Esta contraofensiva no fue sólo europea. Se extendió a numerosos países de los cinco continentes, expresándose en las tendencias a la huelga general y a la lucha política de masas: Las "guerras obreras" de Corea del Sur en 1996, los paros generales en Bolivia, Argentina, Paraguay, durante 1996, las fuertes huelgas de los portuarios en Australia, y cientos de huelgas, incluidas varias huelgas generales en muchos otros países, desde el Sudeste Asiático, a Africa y Latinoamérica, incluyendo las huelgas de los mineros en Rusia. Los puntos más altos de este proceso fueron a principios de 1997 el levantamiento revolucionario en Albania, que hizo prácticamente estallar a las FF.AA., y la huelga general de Ecuador que derribó a Bucaram. En el primero de estos países fue mediante elecciones que llevaron al gobierno a los comunistas reciclados, y con el sostén de tropas italianas, como se desvió el proceso revolucionario y se avanzó en la reconstrucción del Estado. En Ecuador, las direcciones reformistas de las masas apoyaron el interinato de Alarcón como recambio en los marcos del régimen democrático burgués.

En general esta oleada terminó fortaleciendo variantes "centroizquierdistas" (que en muchos casos llegaron al gobierno) que aunque al precio de algunas pequeñas concesiones formales, mantuvieron lo esencial de los planes capitalistas, y sostuvieron a los gobiernos para evitar que el desgaste de éstos condujera a crisis abiertas en los regímenes, mientras se postulaban como recambio electoral

Esta contraofensiva obrera fue acompañada también por una serie de huelgas y luchas sindicales de carácter económico en Estados Unidos, donde el triunfo de la UPS fue el punto más importante.

El estallido de la crisis económica internacional a mediados de 1997 significó un cambio en las condiciones más generales de la lucha de clases. Sus incidencias en el terreno político internacional y de las relaciones entre las clases, amenazaban combinarse llevando a la ruptura del inestable equilibrio capitalista mundial de los 90.

A su vez, las dificultades para descargar las dificultades económicas y políticas sobre las espaldas del propio proletariado empuja a los distintos imperialismos (y a los diversos estados) a un recrudecimiento de la rivalidad comercial, y desde que la "política es economía concentrada" como decía Lenin, a diferentes orientaciones internacionales y a tensiones políticas diversas.

Los acontecimientos revolucionarios en Indonesia, el default ruso (y la amenaza de un giro "autárquico"), y la radicalización de la lucha por la independencia del pueblo Kosovar graficaban elocuentemente que en el año 1998 esta crisis económica comenzaba a transformarse en crisis política internacional. Expresión de esto último fue también en América Latina la aceleración de la crisis de los regímenes, con intentos bonapartistas derrotados como en Paraguay, y el estallido de luchas de masas como en Ecuador.

Estos acontecimientos de la lucha de clases en la década de los 90 demuestran que la burguesía no ha logrado imponerle al proletariado y a las masas del mundo derrotas decisivas, como fueron por ejemplo la victoria de Hitler en los 30 en una gran potencia como era Alemania, o de la derrota de la revolución china de 1925-27 en un país semicolonial.

Sin una acumulación de derrotas estratégicas de esta magnitud es una afirmación sin fundamentos hablar de la existencia de un "nuevo orden mundial". Las fuerzas del proletariado están desgastadas pero no derrotadas. La persistencia de altos niveles de desocupación, la precarización y flexibilización del trabajo en gran escala, el ataque sistemático a todas las antiguas conquistas de la clase obrera y las masas, hacen más difícil la emergencia de la lucha de la clase obrera, en la que pesan, en lo inmediato, los efectos de las divisiones entre ocupados y desempleados, efectivos y contratados, nativos e inmigrantes, sindicalizados y no sindicalizados. La alta desocupación y el rol divisionista de las burocracias sindicales fue y es un arma eficaz de la burguesía para contener la combatividad de la clase obrera. Todo esto opone grandes obstáculos a la irrupción del movimiento obrero en el centro de la escena, y al desarrollo de su subjetividad, junto con la persistencia de la crisis de dirección revolucionaria.

La continuidad de estos elementos le ha permitido al imperialismo victorias parciales como los que hemos señalado al principio de la década, que permitieron una cierta reestabilización capitalista. Fue el principal handicap que permitió durante la década la profundización de la ofensiva capitalista e imperialista tanto en los países semicoloniales o en los ex estados obreros en descomposición, como en los países imperialistas La crisis económica internacional y el desarrollo de fenómenos como los que marcamos para Indonesia, Rusia o el Kosovo, comenzaban a minar el inestable equilibrio, amenazando abrir brechas por donde podrían colarse procesos superiores de la lucha de clases.

En estas condiciones, el imperialismo decidió su intervención armada contra Yugoslavia, buscando en última instancia reforzar la imagen y poder imperial y contener las peligrosas tendencias a la ruptura del equilibrio que se hacen sentir con fuerza en la arena mundial.

3. La guerra del Kosovo

La cuestión del Kosovo cobró enorme importancia internacional, porque al actuar como catalizador de las contradicciones de la situación internacional, en torno al drama de esta pequeña y pobre provincia balcánica, se anudaban muchos de los hilos conductores de la situación mundial, tendiendo a poner en correspondencia dos planos decisivos: el comienzo del fin del equilibrio inestable de los 90, con los efectos estructurales a largo plazo de la crisis de dominio abierta desde el 89.

La debilidad estructural del imperialismo norteamericano y el alto costo de mantener su dominio sin su viejo aliado stalinista salen a luz cuando se ve obligado a intervenir directamente en Kosovo, como garante del orden amenazado. El exceso de autoconfianza generado en las cumbres del imperio por la imagen artificiosa que veía en el espejo de los 90 lo llevó a intervenir sobre la base de que eran necesarios unos cuantos días de bombardeo para doblegar a Milosevic y de paso ratificar sus títulos, asegurándose el liderazgo en la OTAN sobre sus propios aliados europeos y manteniendo a raya a Rusia. La superioridad militar apabullante debía tener efectos disuasorios y resultar concluyente a bajo costo. Una nueva intervención de "bajo riesgo" y bajo pretexto humanitario sería suficiente en los cálculos del Pentágono, pero ¿sería suficiente el viejo remedio en las nuevas circunstancias? Las condiciones de los 90 estaban cambiando al calor de la crisis económica y política internacional, y emergían las contradicciones más profundas sembradas por el 89.

Evidentemente se trataba de un mal cálculo, y se detonó una aguda crisis política en la Alianza. Brent Scrowcroft (ex consejero de seguridad nacional de Bush y asesor militar de Ford y Nixon), señaló: "La Alianza Atlántica se lanzó a esta aventura convencida de que Milosevic se rendiría rápidamente. Su estrategia ya había fallado desde hace más de un mes, pero en función de salvar la cara, se vio forzada a continuarla, al punto de quedar al borde de la ruptura, con cada uno de sus miembros sosteniendo distintas opiniones. Milosevic y los rusos han jugado y continúan jugando el juego de dividir a la Alianza. Si la guerra hubiera continuado, hubiéramos observado una ruptura oficial y total en sus filas. Esta es la razón por la cual hemos arribado a la así llamada paz."

Unos días de bombardeos, a pesar de la terrorífica destrucción sembrada sobre toda Yugoslavia, no parecían suficientes. Los aliados europeos comenzaron a reprochar a Washington en tono cada vez más alto. No se podía pensar seriamente, al menos por el momento, en afrontar los costos y riesgos de una invasión terrestre en gran escala, sin suficiente apoyo doméstico, en particular en sus aliados europeso como Alemania e Italia, que cuentan con poderosos proletariados, y con la renuencia de la primera (que no podía dejar de sentir los crujidos en Rusia) a embarcarse en ella. Una vez más, a pesar de toda la tecnología supermoderna de los Cruiser, los Apache y los Stealth, suficiente para borrar a un pequeño país como Serbia del mapa, se revela que, como sentenciaba el viejo Clausewitz "la guerra es un instrumento de la política; ella adopta necesariamente su carácter y dimensiones; en sus contornos principales, no es más que la propia política y ésta, cambiando la pluma por la espada, obedece sin embargo y siempre a sus propias leyes."

Sin embargo, las masas no pudieron utilizar a su favor las brechas abiertas entre "los de arriba". La responsabilidad esencial es de las direcciones reformistas del movimiento de masas: los partidos socialdemócratas y stalinistas, y la burocracia sindical, que integran o apoyan a los gobiernos de la "tercera vía" que dirigen 13 de los 15 países de la Unión Europea, y que fueron los campeones de la intervención armada de la OTAN. La política nacionalista reaccionaria, vale decir chauvinista gran serbia, de Milosevic hacia los oprimidos albaneses del Kosovo, que llegó al extremo de la sangrienta "limpieza étnica" para someterlos, fue un gran handicap a favor del imperialismo, que podía hacer uso en gran escala de la cortina de humo de la "intervención humanitaria" para cubrir su agresión a los ojos de las masas de sus propios países así como de la región. Así, salvo algunas pequeñas movilizaciones de vanguardia, la clase obrera internacional estuvo ausente de la escena como factor autónomo. La clase obrera internacional quedó atrapada en su confianza a los gobiernos socialdemócratas que lejos de abrir una "tercera vía" y "defender el estado de bienestar", retribuyen su confianza participando en la guerra como buenos administradores de los intereses imperialistas, y posicionándose así para intentar liquidar las conquistas todavía en pie de los trabajadores europeos.

De esta forma, el terreno quedaba libre para que el imperialismo pudiera imponer una salida reaccionaria, aceptando, para salir del impasse, los buenos oficios de Moscú, cuyo rol fue esencial para transformar el empantanamiento militar en que se encontraba la OTAN en un triunfo político de ésta. Esto último es registrado por Stratfor, como comentario previo a la reciente cumbre del G-8: "es tiempo de saldar las cuentas con los reformadores rusos. A un gran riesgo para ellos, llevaron a Milosevic a la mesa de negociaciones y entregaron el Kosovo a la OTAN. Sin la voluntad rusa de participar en el proceso diplomático, que transformó un desagradable empantanmiento militar en una victoria diplomática de la OTAN, la OTAN aún estaría diseñando planes para un imposible ataque terrestre. Sin la colaboración de Yeltsin, el affaire de Prístina hubiera tenido peligrosas consecuencias sobre el terreno."

Después de casi once semanas de bombardeos, devastando la infraestructura de Serbia y al propio Kosovo, con miles de víctimas civiles, y en medio del éxodo de los kosovares aterrorizados por la limpieza étnica de Milosevic y la lluvia de bombas de la OTAN, se impuso un acuerdo que básicamente consiste en la aceptación de un protectorado de la OTAN, con una cierta participación rusa, sobre el martirizado Kosovo.

 

4. Un primer balance de la guerra:
Un importante triunfo imperialista pero a un alto costo

La ultrarreaccionaria salida imperialista, basada en la ocupación de Kosovo se impuso así sobre la base de una catástrofe para las masas serbias y de una dura derrota para la causa nacional del pueblo kosovar.

Constituye un importante triunfo táctico del imperialismo, aunque obtenido a un alto costo político. La OTAN impuso una paz imperialista en el Kosovo. Esto es un golpe a la clase obrera internacional y a los pueblos oprimidos del mundo que fortalece al enemigo de clase, lo que tendrá efectos reaccionarios en la coyuntura mundial.

En el plano regional este triunfo de la Alianza refuerza los reaccionarios acuerdos de Dayton. Pero sin embargo, a pesar de este avance, el acuerdo no garantiza una estabilización duradera en los Balcanes. La situación de Serbia y de los estados vecinos puede constituirse en nuevos puntos de quiebre del frágil equilibrio reaccionario regional. Como dice The Economist, "en tanto y en cuanto aquellos que viven dentro y en torno a la región miran sus conflictos desde perspectivas marcadamente opuestas, el viejo polvorín retendrá todo su poder explosivo". A su vez, la enorme caída del nivel de vida de las masas serbias a consecuencias de la guerra lo que puede ser la fuente de tensiones más importante en el plano regional, lo que ha llevado a la misma revista imperialista a decir que "tanto deliberada como espontáneamente, Serbia podría repetir su mortífero juego de desestabilizar a los países vecinos exportando gran número de gente desesperada, 'sólo que esta vez serían serbios'." Incluso pueden desatarse potenciales levantamientos revolucionarios en la propia Serbia. A esto se suma el problema de mantener la "paz" en el mismo Kosovo, donde se prolonga una situación semicaótica en medio de la cual el desarme del ELK -que ocupa el vacío político dejado por la retirada de los serbios- no es un problema menor a ser resuelto por las fuerzas de ocupación.

Pero el elemento más significativo es que esta "paz" precaria en la región ha sido obtenida a altos costos políticos para el imperialismo. El imperialismo norteamericano no ha podido traducir su enorme superioridad militar en un dominio político equivalente. Por eso, a pesar del "triunfalismo" generado en los medios de la Alianza, no deja de aparecer una cuota de preocupación en sus analistas. En un editorial titulado "Guerra desastrosa, paz desastrosa" The Economist afirma: ..."cuando unas pocas bombas probaron ser insuficientes, ellos (los líderes occidentales NdeR) se encontraron con que habían tropezado en una guerra que no habían pensado pelear, no se habían preparado para pelear, y no deseaban pelear, al menos, con hombres que podían ser muertos. Esto no es un dechado de nobleza. La guerra de Kosovo se convirtió, tal como la guerra generalmente hace, en un desastre. La paz, si eso es lo que trae finalmente el acuerdo firmado el 9 de junio, parece poco mejor." Leslie Gelb, del Consejo para las Relaciones Exteriores, resume: "La sensación es que la situación era muy mala para comenzar y que la OTAN y la administración Clinton la empeoraron y, para sorpresa de sus críticos, lograron un acuerdo mejor del que cualquiera esperaba. Pero lo obtuvieron a un costo pesado e infernal, y por eso, la gente le va a negar a Clinton el crédito por eso."

Esto es así porque las vicisitudes del conflicto en Kosovo, aunque veladamente todavía, por el triunfo de la OTAN, han comenzado a hacer visibles los límites del poder imperial y la creciente rivalidad entre las distintas potencias.

5. El Kosovo y los límites del poder imperial

El desarrollo y desenlace de la guerra, a pesar del resultado favorable al imperialismo, deja expuestos importantes límites del imperialismo norteamericano.

En primer lugar, se hacen evidentes los límites de las "intervenciones humanitarias" desplegadas a lo largo de los 90, para lidiar con las contradicciones más agudas que se abren al calor de la crisis económica y política internacional.

En Kosovo a pesar del triunfo táctico imperialista, esta modalidad de intervención comienza a mostrar su agotamiento: no sólo porque no logró el que era su objetivo declarado (evitar la "limpieza étnica), y por la enorme destrucción causada sobre Yugoslavia, sino sobre todo, por el alto costo político de la intervención que debe pagar Washington. The Economist dice: "La gran razón para cuestionar la naturaleza del triunfo de los aliados, sin embargo, es su fracaso central: esta era una guerra para frenar la limpieza étnica, pero su principal efecto fue intensificarla." (...) "En términos humanitarios la campaña fue un desastre." Un estratega de la derecha republicana yanqui, como Kissinger, insospechable de "humanitarismo" llega a plantear que: "una estrategia que reivindica sus convicciones morales desde alturas superiores a los 15.000 pies -y en el proceso devasta Serbia y torna al Kosovo inhabitable- haya producido más refugiados y heridos que cualquier combinación de diplomacia y fuerza que uno pudiera haber imaginado. Esta merece ser cuestionada tanto en términos políticos como morales." Lo que preocupa a Kissinger es que tanto abusar del recurso "humanitario" en operaciones no estratégicas para los "intereses nacionales" de Washington, puede volverse más rápidamente en contra del imperialismo al develar el carácter imperial, archirreaccionario, de estas operaciones. Por su parte el alto costo político se manifestó en la necesidad de reconocer un lugar a Rusia en la negociación y el acuerdo final, en los roces con China, y en que la enorme desproporción entre "objetivos" y "costos" de la intervención despertó la inocultable reticencia de sus aliados de la OTAN a aceptar sin más la dirección política y militar norteamericana.

Todos estos elementos han puesto en cuestión la otra premisa de las intervenciones de los 90: el "bajo riesgo". El desarrollo de la guerra podría tener dos lecturas. Por un lado una lectura triunfalista indicaría que la superioridad aérea de la OTAN es suficiente para lograr sus objetivos. Otra lectura más objetiva, indicaría que a pesar de todas las bombas y misiles, el imperialismo no logró destruir al Ejército de Milosevic, pero lo más importante de todo, es que quedó abiertamente expuesta la negativa de Estados Unidos a arriesgar la vida de sus tropas sobre el terreno. Este es un lujo que estados Unidos, como garante del statu quo y gendarme mundial, no puede permitirse tan gratuitamente ante los ojos de los pueblos del mundo. Estos elementos liquidan la presunción de "victorias fáciles" del imperialismo derivadas automáticamente de su supremacía militar, lo que es un golpe importante a su autoconfianza que expresa los límites del poder imperial. Por ello, es plausible que, como dicen los analistas de Stratfor, "la década que comenzó en Kuwait termina en los cielos sobre Serbia. Ningún gobierno norteamericano podrá en el futuro cercano al menos, asumir que tiene el poder militar necesario para imponer su voluntad. (...) Hay una vasta diferencia entre ser el mayor poder militar en el mundo y la omnipotencia. (...) La irreflexiva presunción de que la superioridad general del poder militar norteamericano inevitablemente se traduciría en una rápida victoria en cualquier circunstancia específica, es obviamente equivocada."

En este marco, el éxito de este tipo de intervención en el Kosovo podría ser irrepetible. Como reconoce The Economist: "Para una Alianza declaradamente defensiva, la guerra aérea contra Kosovo fue un sorprendente nuevo punto de partida, pero uno que es más probable que sea la excepción, y no la regla"

Más aún, ya se escuchan voces de advertencia de que por este camino, el imperialismo puede verse envuelto en escenarios de fiasco. Mariano Aguirre, director de un centro de estudios estratégicos (Centro de Investigación para la Paz), en España, comenta las bondades de la táctica de guerra aérea, pero no puede dejar de señalar que si bien: "Se desgasta militar y psicológicamente al enemigo y no se tienen casi bajas propias, lo que permite vender mejor a la propia opinión pública las operaciones militares, una exigencia del llamado síndrome de Vietnam norteamericano extendido a la OTAN", pero Aguirre advierte que EE.UU. y la OTAN podrían encontrarse en el futuro en otras situaciones en las que habría que recurrir a la opción terrestre y en las que habría que recurrir a la opción terrestre y en las que la división aliada o la falta de liderazgo político condujese a un solo resultado: "La inhibición"." Como bien expresa este autor, contra toda la ideología del fetichismo tecnológico, el recurso a la "guerra aérea" refleja no sólo la potencia militar, sino sobre todo los condicionamientos políticos: el "síndrome de Vietnam extendido a la OTAN".

Sin superar estos límites, es decir, sin que las potencias imperialistas puedan exponerse a sufrir bajas cuantiosas en sus operaciones, no se puede crear el "poder imperial" a la altura de las tareas que sostener el orden de dominio mundial supone. Para revalidar su papel como gendarme mundial en futuras intervenciones de mayor envergadura, la contrarrevolución imperialista deberá prepararse para dar golpes mayores contra su propia clase obrera, para poder contar con la base social reaccionaria y las condiciones políticas internas que le permitan ir a operaciones en mayor escala que las que implicó la pequeña y débil Yugoslavia.

En segundo lugar, una suma de elementos comienzan a erosionar la autoconfianza ilimitada del imperialismo, generado por el triunfalismo de la burguesía norteamericana a principios de los 90, basado en la "victoria sobre el comunismo". Es que, como reconoce un analista norteamericano en Newsweek: "El catálogo de estos problemas (por ej., el fin de la ilusión de completar la restauración capitalista en Rusia por vías reformistas, el alerta que la crisis en el sudeste asiático trae sobre la inestabilidad que trae aparejada la "globalización", NdeR.) no significa que los desastres están a la vuelta de la esquina. Significa que, al contemplar el mundo de la posguerra fría, hemos minimizado los riesgos. Tal vez esto era inevitable en las postrimerías de la guerra fría, cuando los norteamericanos se sintieron justificadamente orgullosos de que "nuestro modo de vida" había prevalecido. Pero un país nunca debe tomar sus propios despachos de prensa demasiado seriamente." (...) "No podemos remodelar al resto del mundo a nuestra imagen. Sugiriendo que sí podemos, la fórmula del "superpoder" engendró análisis descuidados y expectativas extravagantes. El peligro de lo primero es que lleva a masivos errores de cálculo -Kosovo es un buen ejemplo. El peligro de lo segundo, en tanto los norteamericanos se tomen de las ambigüedades de la era pos guerra fría, puedan verse desilusionados y traten de retirarse. El neo aislacionismo no es un lujo que podamos darnos, porque el mundo inevitablemente nos ata. Pero necesitamos ser más disciplinados y menos románticos al pensar sobre los intereses nacionales. Nosotros podemos comenzar por desterrar "único superpoder existente" de nuestro vocabulario."

El imperialismo ha demostrado que está muy lejos de ser "un tigre de papel" y que las nuevas dificultades acrecientan su agresividad y sus tendencias guerreristas. Pero Kosovo empieza a mostrar que para lidiar con los nuevos desafíos en la arena mundial deberá enfrentar mayores contradicciones y riesgos tanto externos como domésticos.

6. Creciente rivalidad entre las grandes potencias

En EI 12 señalábamos que "todavía no hay una pelea abierta por la hegemonía mundial ni prima aún la revolución proletaria, lo que demuestra que lo que estamos viendo son los inicios de la crisis política internacional y no sus últimos capítulos." Sin embargo, ya en esta fase inicial, la guerra en Kosovo actuó como un catalizador de las divergencias entre las grandes potencias, haciéndolas emerger a un primer plano. Y el fin de la guerra está muy lejos de haber revertido sus diferencias.

Los aliados europeos, que se sumaron sin mayores reparos a la política yanqui en Kosovo bajo el paraguas de la OTAN, manifiestan una creciente desconfianza hacia la conducción política y militar de Washington, que se expresó en las discusiones entre los aliados todo el desarrollo de la guerra. A consecuencia de esto, se fortalecerán las tendencias a una mayor autonomía europea respecto de Estados Unidos en las cuestiones de "seguridad" que atañen al Viejo Continente. The New York Times señala que "La guerra de Kosovo ha traído cambios drásticos a Europa, lanzando a Alemania a un liderazgo militar nunca visto desde 1945, galvanizando varios intentos de forjar una política defensiva común y alterando sus relaciones con EE.UU. Desde luego, con la estabilidad rusa aún muy incierta y los repentinos movimientos de tropas rusas en Kosovo, los europeos siguen mostrándose cautelosos respecto de cualquier 'desacoplamiento' de Washington. No obstante, al deseo de mantener los vínculos transatlánticos se suma ahora un impulso para equilibrarlos de una manera distinta."

Ahora bien, mientras que en la OTAN el liderazgo de Estados Unidos homogeneizaba las políticas y la toma de decisiones, la Unión Europea carece de una potencia rectora claramente definida, lo que frente a potenciales crisis complicará la posibilidad de compatibilizar los múltiples intereses nacionales en una política común. Es que no hay "un" imperialismo europeo, y por lo tanto no puede haber "una" política europea, sino varios estados imperialistas con intereses nacionales específicos y políticas divergentes y hasta contradictorias: Italia, Alemania, Francia, tienen sus propias opciones. Esto, en perspectiva, lo debilita frente a los vientos desestabilizantes que provienen del Este y ante eventuales procesos revolucionarios. Esto no es indiferente para las perspectivas de la lucha de clases, más cuando estamos hablando de un continente, Europa, que constituye un centro neurálgico de la clase obrera mundial.

Pero la gran divergencia estratégica que emergió en la guerra es en torno al rol que le corresponderá a Rusia en Europa y a nivel internacional. Rusia se niega a ser reducida al papel de una semicolonia, que pretende se le reconozcan sus "derechos de gran potencia" y que quiere hacer valer sus intereses nacionales. Esto se expresa en un profundo giro en la política internacional de la burocracia restauracionista, que ha comienzos de la década se había alineado con la estrategia norteamericana, y ahora la resiste.

El imperialismo confundió la postración económica de Rusia y el estado ruinoso de sus FF.AA., con su liquidación en tanto que actor político internacional. El Kosovo ha servido para que Rusia reemergiera como "jugador" europeo, como demuestra el rol central que jugó en todo el conflicto, particularmente, en el desenlace y los acuerdos de paz, y sobre todo, con la sorpresiva entrada de un destacamento a Prístina. Este último hecho, más allá del carácter "simbólico" que tuvo y de que Rusia al final terminó cediendo en los puntos centrales ante la OTAN, señala sobre todo que Rusia no está dispuesta a aceptar gratuitamente nuevas humillaciones de Occidente. Como dice The Economist, "el elemento de ópera cómica de la incursión rusa después de los bombardeos, no debería oscurecer la seriedad de las divergencias entre Rusia y Occidente." La reentrada de Rusia en el escenario europeo ha desequilibrado el balance de fuerzas en toda Europa Oriental, sobre todo en los estados que formaban parte de la ex URSS, promoviendo realineamientos todavía en curso desde el Báltico a los Balcanes, al calor de la nueva competencia entre la OTAN y Rusia por la influencia sobre los estados de la zona, que en su mayoría venían gravitando hacia la OTAN. El Kosovo, un conflicto secundario, ha disparado un nuevo foco de tensiones estratégicas potencialmente mucho más desestabilizante que la guerra balcánica. Esto, como planteamos más arriba, afectará particularmente a la Unión Europea.

Como señala Strafor: "Europa quedará en una posición particularmente incómoda. Por un lado los intereses europeos están íntimamente ligados con los de Estados Unidos. Por otro lado, Europa tiene más vulnerabilidad que los Estados Unidos a las tensiones dentro del sistema internacional. Como tal Europa tiene inherentemente más aversión a los riesgos. Una evolución conservadora y de afirmación de sus propios intereses en la política rusa dejará a países como Alemania ante importantes dilemas estratégicos con los cuales no quisiera tratar. (...) La confrontación en curso significará la necesidad de rápidas y peligrosas evoluciones en la OTAN. Esto es algo que los europeos no quisieran ver que suceda. Dejando a un aldo los costos inherentes de expandir la OTAN, la expansión de ésta lógicamente significa la expansión de la Unión Europea. Con el Euro funcionando tan pobremente, y la emergencia de una debilidad cíclica en la economía europea, esto no es algo que los europeos quisieran afrontar por ahora." Las burguesías europeas ven crecer sus responsabilidades imperialistas luego del Kosovo. Esto es particularmente cierto para Alemania (como grafica el hecho de que de haber tenido una pequeña participación en Bosnia, sea ahora la segunda fuerza en Kosovo con 7.000 soldados y la responsabilidad de la "reconstrucción" civil en sus manos). Pero no está preparada ni económica, ni política ni militarmente para asumir dicho rol en plenitud. Todo intento de avanzar en su poder imperial, desplegándose hacia el Sur y hacia el Este le implicará "importar" las contradicciones de estas "zonas calientes" y sobre todo, adecuar su situación interna para ponerla a la altura de este desafío. Esto presupone disciplinar en mayor medida a su propio proletariado. Por ejemplo, el enorme aumento de los gastos en defensa requeriría una baja del presupuesto en otras áreas, trasladando los costos a espaldas de sus propias masas, lo que lo convierte en algo muy difícil, políticamente, de digerir sin provocar grandes choques con su propia base social, algo que la burguesía alemana no está en condiciones todavía de arriesgar, al menos en la magnitud necesaria.

A su vez, el bombardeo a la embajada de China en Belgrado detonó una serie de acontecimientos que pueden estar indicando el fin de la política china de "cooperación" con Estados Unidos (iniciada en los 70 con el viaje de Nixon a Pekín y fortalecida luego bajo la dirección de Deng Xiao Ping), que permitió, gracias al enorme flujo de capitales, el "milagro chino" en los 90. Esta orientación tuvo su pico más alto en medio de la crisis asiática, con el viaje de Clinton y la llamada "cooperación estratégica" entre Washington y Pekín, que en su momento definimos como un intento de "mini-Yalta" Sin embargo, este intento no cristalizó, pasando la burocracia china a una política de mayor confrontación con los Estados Unidos.

La situación de debilidad en que se hayan China y Rusia (aunque de diferente grado) y el interés común en oponerse a la presión norteamericana, reclamando un lugar propio en un mundo hegemonizado por Estados Unidos, tiene a unir a ambos gigantes en un bloque más o menos informal. La base estructural de este giro en la orientación de ambas burocracias restauracionistas está en el fin del flujo de capitales con que contaban para reciclarse como burguesías y consumar exitosamente la restauración capitalista. En Rusia desapareció, y en China se agotan las condiciones para mantenerlo. Ninguno quiere ser reducido al status de semicolonia. El rasgo más notable es que comiencen a recurrir al chantaje, utilizando las disputas geopolíticas para obtener concesiones de Estados Unidos. En el caso ruso esto tiene consecuencias sobre las fronteras de la ex URSS, y en el caso chino esto puede traer desestabilización en Asia.

Si la consecuencia más inmediata de este realineamiento ruso y chino es poner límites a la libertad de movimientos de Estados Unidos, desde el punto de vista más estratégico, a largo plazo, deberá ser tomado en cuenta por los imperialismos competidores con Estados Unidos, esto es a Alemania y Japón. Alemania, principal poder económico y "locomotora" de la Unión Europea, no puede ignorar el nuevo peso internacional de Rusia, lo cual le obligará a tomar decisiones estratégicas propias intentando evitar verse envuelta en las consecuencias desestabilizantes de estos nuevos realineamientos en la política mundial.

De la misma manera, Japón, segunda economía imperialista, enfrentado a la creciente polarización de Asia oriental entre Pekín y Washington, se verá empujado a pensar una política desde el punto de vista de Tokio.

Estas presiones van en contra del ordenamiento actual, donde la fortaleza econó