Teoría, Cultura y Género
Jacques Derrida ya no está. Espectros y supervivencias
Autor:
Daniel Bensaïd
Fecha:
22/10/2004
Traductor:
Rossana Cortez, especial para PI
Fuente:
Rouge, Francia
Jacques Derrida tiene la reputación de ser un autor difícil, incluso elitista. Curiosamente, sus intervenciones orales, sus entrevistas, y una gran parte de su obra dan la impresión de una gran claridad. Lo que a menudo parece oscuro, es más bien un cuidado riguroso de la expresión y del estilo, un respeto escrupuloso del matiz y de la complejidad. Como un camino seguido sobre una estrecha línea en la cresta, entre literatura y trabajo de concepto. Jacques Derrida era, en principio, un extraordinario maestro de la lectura, en las antípodas de los métodos rápidos de una época apresurada, atento a la pluralidad del sentido y encarnizado en abrir nuevos espacios de interpretación sin renunciar a la fidelidad infiel del texto. Su aspecto principesco, confinándolo a veces al dandysmo, podía pasar como coquetería. Sobre todo expresaba el refinamiento y la elegancia de este pensamiento adelantado, descentrado, muy exigente sobre las fronteras, a imagen de esta cara de "marrane" (judío español o portugués convertido a la fuerza al catolicismo por la Inquisición) que le fascinaba.
Tendrá que pasar el tiempo, sin duda, para asimilar el aporte de una abundante obra que trata, entre otras cosas, de la filosofía, de la escritura, del perdón, de la hospitalidad, de la espectralidad, del contratiempo, del acontecimiento o de la decisión. Ella interroga especialmente con insistencia la problemática de la herencia como afirmación activa y no como lo que se recibe del derecho. En el curso de estos últimos diez años, este cuestionamiento se ha aplicado sobre todo a su relación con "el propio nombre de Marx" y con el marxismo, como si la caída de las ortodoxias de partido y de estado lo hubieran liberado de una reserva y de un retiro. Su Marx, o su espíritu de Marx, es sin duda extraño, a veces desconcertante, incluso inquietante (unheimlich) en sus manifestaciones espectrales: ¿un Marx "sin" Marx? Se comprueba de manera cierta que la publicación, en 1993, de Spectres de Marx, luego, al año siguiente, la de Misère du monde de Pierre Bourdieu, han marcado un freno a la retórica liberal triunfante, que anunciaba el renacimiento de las resistencias sociales y contribuía a modificar el paisaje de la década. En las intervenciones de Derrida sobre Marx o el marxismo, quedan muchas zonas de sombra sobre la lucha de clases o sobre su noción de internacional sin internacional. Pero esto, entre nosotros, era objeto de una discusión amistosa, afectuosa y discretamente cómplice, como si nos unieran tácitamente algunos secretos compartidos: Argelia (sin la más mínima "nostalgia", precisó él), el "marranisme", la intempestividad y "un cierto Marx" . A Derrida le gustaba escribir en los márgenes y leer entre líneas, tomar prestado los caminos de paso y las contracalles, pensar a contrapelo de todos los sentidos únicos, a contratiempo de las evidencias apresuradas de la época, tomar el tiempo de la frase y del pensamiento, tomar, a la manera de un Marx heterodoxo del concepto, "el pulso de la historia" y "escuchar su frecuencia revolucionaria". Como si el hundimiento de los regímenes burocráticos y del marxismo "ortodoxo" fijado en razón de estado lo hubiera liberado de una íntima censura, los últimos quince años de su obra están cada vez más implicados en las incertidumbres y las inquietudes del siglo: la soberanía y el derecho internacional, el cosmopolitismo y la hospitalidad, siempre el sentido del acontecimiento, interrogado a la luz del 11 de Septiembre, en Voyous (Galilée, 2003) o en Le "concept" du 11 Septembre (Galilée, 2004). El diálogo con esta política de Derrida no hace más que empezar, un diálogo con sus espectros y con sus supervivencias. No hemos terminado, apenas hemos comenzado a hilvanarnos en los pliegues del pensamiento, de la palabra y de la escritura de Derrida. Sin por eso lograr atravesar la parte de secreto y del derecho de contradecirse que reivindica en su última entrevista con Jean Birnbaum: "Estoy en guerra conmigo mismo, es verdad, y usted no puede saber hasta que punto, más allá de que adivine y que yo diga cosas contradictorias que están, digamos, en tensión real, me construyen, me hacen vivir, y me harán morir" . Tal vez, en efecto, ya que él ha muerto. Al menos, a diferencia de tantos contemporáneos, no habrá muerto de estupidez, él que siempre decía: "Renunciar a una dificultad de formulación, a un pliegue, a una paradoja, a una contradicción suplementaria, porque esto no se comprenderá, o más bien porque tal o cual periodista que no sabe leerla, ni siquiera leer el mismo título de un libro, cree saber que el lector o el auditor no lo comprenderá más y que la audiencia o su sustento sufrirán por eso, es para mí una obscenidad inaceptable. Es como si me pidieran que me incline ante alguien, que me someta - o que muera de estupidez".
Verbatim
Deconstrucción: "Aunque ningún texto nunca es homogéneo (esto se ha convertido para mí en una suerte de axioma categórico, la carta de todas mis interpretaciones), puede ser legítimo, siempre es necesario hacer de él una lectura dividida, diferenciada, ver en apariencia contradictoria. Activa, interpretativa, firmada, esta lectura debe y no puede no serlo, la invención de una reescritura" (Jacques Derrida, en "Jacques Derrida et Elisabeth Roudinesco", De quoi demain... Fayard, 2001)
Revolución: "Si se quiere salvar la Revolución, hay que transformar la idea misma de Revolución. Lo que está perimido, envejecido, arrugado, impracticable por mil razones, es un cierto teatro revolucionario, un cierto proceso de toma de poder al que se asocia en general a las Revoluciones de 1789, de 1848 y de 1917. Creo en la Revolución, es decir, en una interrupción, en una cisura radical en el curso ordinario de la Historia. No existe responsabilidad ética, ni decisión digna de ese nombre, que no sea, por esencia revolucionaria, que no esté en ruptura con un sistema de normas dominante, incluso con la idea misma de norma, y por lo tanto, con un saber de la norma que dictaría o programaría la decisión. Toda responsabilidad es revolucionaria, ya que ella buscará hacer lo imposible por interrumpir el orden de las cosas a partir de acontecimientos no programables. Una Revolución no se programa. En cierta manera, como el único acontecimiento digno de ese nombre, excede todo horizonte posible, todo horizonte de lo posible - por lo tanto, de la potencia y del poder" (Jacques Derrida, en "Jacques Derrida et Elisabeth Roudinesco", De quoi demain... Fayard, 2001)
Marx: "Siempre será un error no leer y releer a Marx. Es decir también a algunos otros [...] Sería cada vez más un error, una falta a la responsabilidad teórica, filosófica, política, desde que los aparatos ideológicos "marxistas" están en vías de desaparición, ya no tenemos excusas, solamente coartadas, para desviarnos de esta responsabilidad. No hay futuro sin esto. No sin Marx, ningún futuro sin Marx. Sin la memoria y sin la herencia de Marx, en todo caso de cierto Marx, de su genio, uno al menos de sus espíritus. Porque esta será nuestra hipótesis, o más bien nuestra presa: hay más de una, debe haber más de una". (Jacques Derrida, Spectres de Marx, Paris, Galilée, 1993, p. 35).
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