ENGLISH | FRANCAIS | PORTUGUES

 

Volver
Una espada de doble filo
Autor: Ibrahim Nafie
Fuente: AL-AHRAM
Fecha: 08/06/2003

Título Original:

Traductor: Pablo Midin, Partes de Guerra.

En la noche del 12 de mayo, durante la visita del secretario de estado Colin Powell para poner en efecto los planes de EE. UU para la región, cuatro grandes explosiones sacudieron la capital de Arabia Saudita, Riyadh, llevándose 24 víctimas y docenas de heridos. Cuatro días después cinco explosiones más golpearon Casablanca, en Marruecos, matando a otras 24 personas y dejando docenas más de heridos. A pesar de que los objetivos fueron intereses del oeste y distritos residenciales, la mayoría de las víctimas fueron saudíes y marroquíes.

Claramente, el objetivo de las operaciones terroristas fueron cuidadosamente preparados para causar el mayor daño posible a la estabilidad de los países objetivo; de hecho, en los intereses de la comunidad árabe en su totalidad. Los terribles ataques contra civiles inocentes le han prestado un gran servicio a los enemigos de los árabes y del Islam, dándoles el perfecto sustento a la campaña que intenta retratar a los árabes y a los musulmanes como terroristas que sólo entienden el lenguaje de la violencia. También le hace el juego a las fuerzas anti-reforma que se han valido de los incidentes para argumentar que son necesarias medidas de seguridad más severas, a expensas de la liberalización política.

Las bombas sobre Riyadh y Casablanca plantean importantes cuestiones acerca de la eliminación del terrorismo. No cabe duda de que una de las causas primeras reside en la hostilidad de occidente hacia las causas árabes, sobre todo hacia la causa palestina. El presidente Mubarak ha advertido en incontables ocasiones que la actual falla en alcanzar una solución equitativa al conflicto árabe-israelí seguirá alimentando resentimiento y odio contra los EE. UU. e Israel. Agravando más tales sentimientos está la tendencia de algunos a achacar el conflicto a cuestiones religiosas o culturales, una tendencia que se ha visto favorecida por ciertos centros académicos de investigación en occidente. La búsqueda generalizada de teorías del “choque de culturas” y la censura sobre la cultura árabe son instrumentales para provocar respuestas violentas de parte de los musulmanes y de los árabes en defensa de su cultura y civilización.

La política de EE. UU. Hacia el conflicto palestino-israelí, clave del conflicto en Medio Oriente, da una mirada particular sobre la dinámica del extremismo. El constante apoyo de Washington por Israel y su negativa a frenar los ataques de Israel contra los palestinos no sólo ha conducido al enojo árabe a explotar en actos de violencia, sino que ha armado a grupos terroristas con un pretexto para incrementar sus operaciones. Quizás el truco más común de las organizaciones terroristas sea explotar las injusticias perpetradas por Israel para justificar sus propios actos diabólicos, seguros de contar con el apoyo de amplios segmentos del pueblo árabe, enfurecidos por la opresión y la violencia de la ocupación israelí. Aun a pesar de cuán obviamente esta dinámica se presenta ante los ojos de los EE. UU., quien hace caso omiso a las realidades de la provocación israelí y su persistente violación de las leyes internacionales, continúan reduciendo una muy compleja problemática a la conveniente fórmula de la “lucha contra el terrorismo”, cuando lo que se necesita es una solución justa y duradera. Mubarak no podía haber estado más cerca de la verdad cuando observó que la ceguera de Washington a los problemas cruciales del Medio Oriente darían nacimiento a cientos de Bin Ladens. Los EE. UU. Deben darse cuenta de que el único medio para terminar con el terrorismo es eliminando las causas que lo generan, y una de las mayores causas es la grave situación irresuelta de la gente palestina.

Hoy, mientras contemplamos horrorizados las escenas de tumbas colectivas, cámaras de tortura y otros vestigios de los crímenes perpetrados por el régimen de Saddam Hussein en Irak, los terroristas han acrecentado la imagen de los árabes y los musulmanes.
Así como estos hechos de violencia indiscriminada le hacen el juegoa aquellos que tienen interés en manchar la imagen de todos los musulmanes con los actos de unos pocos, se nos hace más imperativo condenarlos. Por eso la importancia de las declaraciones de las autoridades religiosas de Arabia Saudita, quienes condenaron laas explosiones en Riyadh con “ilegales y contrarias a las provisiones y bienestar del la ley Islámica”. En una declaración que siguió a los atentados en Casablanca, el Movimiento de Reforma y Unificación Marroquí declaró: “estos actos criminales cuyos objetivos fueron edificios y civiles inocentes son una abominación”. Añadieron que estos actos fueron contrarios a la ley del Islam y no sirven a las causa musulmana.

Más significativo fue la fatwa emitida por el sheik Mohamed Hussein Fadlallah: “desde el punto de vista de la Ley Islámica, los ataques contra civiles inocentes – hombres, mujeres y niños, musulmanes y no musulmanes por igual- y a construcciones civiles perpetrados por tales actos salvajes sin ningún tipo de justificación, sea una agresión desde el exterior o una guerra, es una ofensa... Aún más, va en detrimento de la reputación del Islam y del pueblo musulmán”. Particularmente digna de mención fue el llamamiento de Fadlallah al clero musulmán a lanzar una campaña de toma de conciencia contra “los métodos que adoptan una cubierta religiosa, siendo la religión inocente de tales prácticas.”
Si tales prácticas alimentan las fuerzas del extremismo, unidas contra nosotros, también lo hace la retórica del extremismo en nuestro bando.

Por ejemplo, nos sirve de poco retratar a la guerra en Irak como una crusada, toda vez que la misma noción es una falacia. La postura antiguerra del Papa, de países cristianos como Alemania, Francia y Rusia y de muchos países católicos en Sudamérica, da por tierra con cualquier opinión a favor de aquello. Pero no sólo el extremismo en actos y en teoría nos daña en el exterior, sino que nos afecta negativamente dentro de nuestros países. Los recientes atentados han puesto en primera plana la relación entre la reforma y la seguridad. Algunos han aprovechado los hechos en Riyadh y Casablanca para justificar sus argumentos acerca de que la reforma y la seguridad son antitéticas y se excluyen mutuamente. “La reforma política debilita la seguridad interna”, argumentan. Si los árabes se deciden a tener algún progreso en su desarrollo económico, la seguridad del Estado y de la sociedad debe ser la primera prioridad, al punto de poner la reforma política en suspenso. Tales argumentos son particularmente peligrosos cuando el mundo árabe necesita acelerar el proceso de reforma, no detenerlo.

 

 

Volver